19 agosto 2008

El Aula 28, una obra de arte


En el IES “Biello Aragón” de Sabiñánigo (Huesca) un grupo de profesores y alumnos cubrieron
los muros de un aula con pinturas medievales.
Por Severino Pallaruelo

Tras cuatro años de trabajo el espacio quedó transformado: del habitual entorno blanco de las clases se pasó a un envoltorio lleno de colores y de formas que sorprende por la calidez y ofrece un interesante material didáctico para los temas de historia y de arte.

Un aula con altos techos blancos
El “Biello Aragón“ ocupa unos edificios construidos hace 25 años en torno a un patio central porticado. En el piso superior hay varias aulas con altos techos abuhardillados, que reciben luz natural por ventanales orientados a levante y a poniente. Fueron estas condiciones las que inspiraron a los profesores la idea de las pinturas.

El proyecto
Una vez tomada la decisión de cubrir el interior de un aula con pinturas, costó poco decidir qué se iba a pintar. Si se quería que la participación fuera amplia, y contando con que ni el alumnado ni el profesorado tenían experiencia alguna en este terreno, no podían elegirse obras de gran complejidad técnica. Las pinturas medievales, donde la perspectiva y el estudio de la luz no cuentan y las figuras se trazan con líneas sencillas y bien perfiladas, ofrecían un modelo adecuado.
Primero se trazó un programa iconográfico coherente y después se buscaron las figuras que se adaptaban al mismo. En el techo se representaría el mundo religioso ordenado según la jerarquía que aparece en los templos medievales. En el zócalo iría el mundo de los muertos. Entre ambos, cubriendo los muros, se situaría el mundo de los vivos, los estamentos de la sociedad medieval, los trabajos de cada mes, la caza, el pastoreo…
Mediante la consulta de publicaciones acerca de las pinturas murales románicas y de los códices miniados se fue conformando un banco de representaciones donde no sólo aparecían escenas o figuras sueltas sino un gran número de orlas que permitirían completar y enmarcar las secuencias elegidas.
Sobre los dibujos a escala de los muros y del techo se iba colocando el programa diseñado hasta comprobar que se ajustaba a los espacios que debía cubrir. A la vez íbamos resolviendo los temas prácticos: qué tipo de pintura usaríamos, cómo conseguiríamos los andamios, de qué modo simplificaríamos mediante el uso de plantillas el trazado de las orlas geométricas, qué haríamos con la instalación eléctrica, etc. etc. Quince días después ya teníamos los andamios colocados y comenzaban a aparecer en los muros las figuras de los frailes, de los guerreros y de las campesinas medievales. Lo que no esperábamos era pasar cuatro años con la clase invadida por los andamios y con los pupitres repartidos entre los amarillos tubos metálicos que sostenían las plataformas desde las que pintábamos por la tarde.

Un proceso largo y laborioso
Quizá si hubiéramos sabido que iba a ser tan largo no habríamos empezado. Fuimos optimistas. Dijimos: esto en Navidad está acabado. Trabajábamos dos tardes cada semana, fuera del horario escolar, desde las cuatro hasta las ocho, a veces hasta las nueve. Solíamos acudir tres o cuatro profesores y algunos alumnos, unos días dos, otros tres o cuatro, a veces media docena. En los días inmediatamente anteriores a las vacaciones, esas jornadas tan difíciles de organizar porque ya se ha hecho la evaluación y aún no ha comenzado el nuevo trimestre, reunimos a veinte alumnos y alumnas en los andamios durante seis horas cada día. Se avanzó mucho, pero fue insuficiente: las vacaciones llegaron y no habíamos cubierto ni una octava parte de la superficie. No importa, dijimos, para el verano estará acabado todo. Pero al llegar junio sólo habíamos pintado una cuarta parte del total. Estaba ya la majestuosa figura del Cristo de Taull y los doce apóstoles, estaban los guerreros y las campesinas, los cazadores, los pastores, Adán y Eva, San Miguel pesando las almas y algunos diablos. Pero todavía faltaba mucho.
El cuarto año hubo un momento de peligro. La obra parecía eterna y comenzábamos a estar hartos de colores y de figuras con rostro hierático. No teníamos ganas de seguir pintando caras con enormes ojos inexpresivos y manos acartonadas. Pero estábamos decididos a acabar la obra iniciada. Cambiamos de tema. En lugar de los oficios artesanales y de la vida en las ciudades medievales, que figuraban en el programa planteado para el cuarto muro, decidimos pintar dos trampantojos de arquitectura: una portada románica y un claustro. Todo en colores suaves, en una gama de ocres y de grises que permitiera descansar la vista y creara una sensación de continuidad espacial, de profundidad. La idea resultó oportuna: infundió nuevos ánimos a los pintores y permitió acabar el proyecto.

La iluminación
La instalación eléctrica original del aula había sido arrancada porque las conducciones estorbaban para realizar las pinturas. Era necesario colocar nuevas luces que cumplieran la doble función de servir a los usuarios habituales del aula y de alumbrar las pinturas. La tarea no resultaba fácil: los haces de luz que servían para una cosa estorbaban para la otra. Del proyecto y de la instalación se encargaron los alumnos de la rama profesional de electricidad que se imparte en el mismo instituto, dirigidos por el profesorado de la especialidad. Finalmente el alumbrado estuvo listo y el proyecto se dio por concluido. Los focos supusieron el mayor gasto. Lo demás no había costado apenas nada. Cien euros para pintura. Eso fue todo.

Multidisciplinar y transversal
El impulso inicial de proyecto fue sólo eso: un impulso. Teníamos ganas de hacer algo, nos seducía la idea de transformar el espacio, queríamos notar la sensación de vernos envueltos en colores y en formas aprovechando la amplitud del espacio y la calidad de la luz. Nada más. No hicimos cálculos acerca de cuánto tiempo podía costar cubrir con figuras casi doscientos metros cuadrados de muro, no se realizó una programación exhaustiva donde se descompusieran explícitamente los objetivos, ni se redactó un cronograma realista. Sabíamos que realizaríamos tareas muy diversas, que aprenderíamos –todos, el alumnado y el profesorado– muchas cosas y que invertiríamos mucho tiempo. Nada más.
Hay cosa que son fáciles de programar y de evaluar: cómo se emplearán las imágenes para trabajar el estudio de la mentalidad y de la sociedad medievales, qué uso se hará de las mismas para explicar el arte románico o cómo contribuirán al conocimiento de la historia de las religiones. Todo eso se pensó al programar la actividad y sigue teniendo vigencia. Pero la obra tuvo otros valores con incidencia particular en quienes participaron en la realización, en aquellos profesores y alumnos que pasaron muchas horas en los andamios pintando, debatiendo acerca de los problemas que se iban presentando, fabricando colores, elaborando plantillas de cartón, dibujando siluetas a lápiz, manejando taladros, amasando yeso, moviendo y montando andamios, planificando las tareas, modificando las previsiones. Fue un aprendizaje no previsto, algo muy instructivo no planificado: la suma de competencias que exige la culminación de un proyecto amplio y complejo. Y la audacia. A veces va bien ser audaces en los proyectos, implicar a mucha gente, imaginar tareas grandes. Las cosas que parecen sólo juegos no acaban de atrapar a algunos alumnos y a muchos profesores. Los más entusiastas quieren hacer cosas de verdad. Hasta cuando juegan.
Las pinturas quedaron concluidas. El aula se ha empleado con normalidad para dar clases de geografía y de historia. A veces han venido grupos escolares de otras ciudades a verla. A quienes pintamos nos gusta mirar la cara que ponen los que llegan a contemplarla por primera vez: muestran en los ojos cierto asombro y un poco de incredulidad. Les parece raro que en la obra participaran alumnos y alumnas como ellos. También en eso hay una lección que aprender: con entusiasmo, constancia, laboriosidad y trabajo en equipo pueden hacerse más cosas de las que uno se imagina.

Información extraída íntegramente de la REVISTA PROFESIONAL. Nº 515, Mayo 2008, del sindicato ANPE.

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