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Una pajarita muy pacífica
13 marzo 2010
Entrevista a Anish Kapoor en el diario "Público"
"La oscuridad del rojo me intriga"
El Guggenheim de Bilbao dedica una retrospectiva al artista indio, uno de los escultores más influyentes en la actualidad
Los escultores suelen entablar un diálogo entre sus obras y el espacio en el que las ubican. Anish Kapoor (Bombay, 1954), en lugar de dialogar, conquista el espacio con sus producciones. Lo ha demostrado antes, y lo demuestra ahora en el museo Guggenheim de Bilbao con la exposición monográfica que se abre el 16 de marzo, procedente de la Royal Academy de Londres. En su estudio de Peckham, un barrio del sureste de la capital británica, enseña las piezas de la muestra a la que él se resiste llamar retrospectiva, porque le parece el epitafio de su carrera, que él no da por finalizada.
El artista lo llama "el estudio", aunque es, más bien, una serie de cinco naves industriales conectadas entre sí, por el exterior y el interior, con una veintena de empleados, vestidos con un mono blanco, que trabajan al son de la batuta de uno de los escultores más influyentes de su generación. "Aquí experimentamos con materiales, superficies, hacemos formas y texturas sin saber cuál será el resultado final; de todo ello emerge eso que llaman arte. Por más que lo programas y lo planificas, siempre hay algo de imprevisible que no conoces hasta el final, el efecto sorpresa es lo desconocido y lo que nos mantiene en alerta, es el reto de nuestro trabajo", explica el escultor junto a uno de los espejos cóncavos que uno de sus empleados pule y abrillanta con una máquina eléctrica. Una suerte de limpiar y dar esplendor, como si se tratara de un anuncio de detergente o lavavajillas.
La muestra reúne instalaciones monumentales hasta octubre
Balas de cera
Uno de los materiales que centra la atención de Kapoor es la cera roja. Y una de las instalaciones de la exposición, titulada Disparos en el rincón, consiste precisamente en un cañón que lanza balas de cera de color rojo contra la esquina de dos paredes en una sala. Los disparos producirán como resultado final una acumulación de cera que formará una escultura en sí misma, imprevisible al inicio de la exposición. "La forma que tomarán las balas de cera roja tras ser disparadas cambiará constantemente; es otra de las obras que se hace a sí misma. No sabemos cómo será. Ni yo mismo hubiese pensado hace unos años que haría un cañón así, pero aquí está", explica Anish, quien lleva ya tiempo trabajando con el color rojo después de haber buscado la perfección o la esencia del azul y del amarillo en fibra óptica, pigmentos y otros materiales.
"Ahora estoy en mi periodo rojo; lo que más interesa es cómo oscurece el rojo, el rojo oscuro es más oscuro que el negro; el rojo tiene una oscuridad que me intriga", dice el escultor. Tras crear sus obras, deja que crezcan solas y que se independicen.
"Mi historia personal debe reflejarse de alguna manera en mi obra"
Como ejemplos de sus trabajos previos al periodo rojo, la exposición incluirá una sala con espejos cóncavos. Esculturas de acero inoxidable de las que, según como se miren, llegan a marear y que son una de las marcas recurrentes del artista. El Sky Mirror (Espejo del cielo), instalado en el Centro Rockefeller de Nueva York, o el Cloud Gate (Puerta de la nube), en Chicago, son obras precursoras como espejos urbanos en los que se refleja la ciudad. Su límite de espacio es el cielo. Desde el Barroco hasta el artista conceptual Jeff Koons, con sus globos reflectantes pasando por los esperpénticos espejos de feria, los cristales cóncavos han sido a menudo objetos de interés artístico.
Para Kapoor, "las cualidades de estas imágenes reflectantes son muy peculiares, los espejos cóncavos proponen lo sublime, una nueva relación entre la obra y el observador; la modernidad radica en algún lugar por ahí; entre los objetos, sus formas y sus colores físicos". Anish está acostumbrado a que le busquen significados filosóficos e incluso políticos a sus obras, que él prefiere definir como materiales en busca de forma y geometría.
Pigmentos que buscan
Explora los colores y las texturas con materiales industriales
Las esculturas de pigmentos, como Arena blanca, mijo rojo, muchas flores, estarán también presentes en la muestra de Bilbao. Son obras de la historia de Kapoor así como los trabajos hechos con fibra de vidrio. Pigmentos a la búsqueda del amarillo más amarillo o el rojo vivo que no oscurece como el de la cera.
Anish Kapoor llegó a Inglaterra en 1972 tras vivir en varias partes de Asia; se formó en diferentes escuelas y empezó a destacar como escultor en la década de los ochenta. Se identifica como indio a pesar de tener pasaporte británico y un bagaje familiar diverso: es de madre iraquí de religión judía y de padre indio e hindú no religioso. "Mi historia debe reflejarse de alguna manera en mi obra, pero no hay una intención premeditada para ello", contesta. Con esposa e hijos ingleses, la diversidad cultural y religiosa continúa en su casa.
La cera no es el único material que reta ahora su imaginación. Lleva dos años trabajando con el cemento de forma muy poco artesanal, o mejor dicho, de forma mecánica. En una de las naves industriales de su estudio, una máquina y un empleado que hace programas en un ordenador, hacen también esculturas de cemento que el escultor bendice o rechaza. "El cemento de color, de momento, se me resiste así que todavía estoy explorando el cemento en su color natural, gris; el momento de la perfección en el cemento de color, ahora, lo veo muy complicado", explica Anish ante la ruidosa máquina de la que sale una especie de salchicha inacabable y enredada haciendo una montaña más o menos hueca.
"El cemento de color se me resiste, así que aún estoy explorando el gris"
No falta trabajo
En la obra Greyman grita, Shaman muere, volutas de humo, belleza evocada, el cemento parece un largo intestino, heces o, como dice él, "la alta tecnología produce baja tecnología". Las esculturas de cemento son las novedades en las últimas exposiciones de este artista. "No me falta mercado para mis trabajos aunque esta exposición [la de Bilbao] no es para vender nada", matiza el artista.
Las obras hechas con fibra de vidrio son superficies que se adentran en paredes hasta el infinito o sobresalen ambiguamente, según de dónde y cómo se observan producen un efecto distinto. La entrada al Guggenheim tendrá una ingeniosa tarjeta de visita. Una escultura de bolas apiladas hasta 50 metros de altura de acero inoxidable haciendo espejos tergiversadores de las imágenes que se reflejan en ellas, reflejando del derecho o del revés lo que pasa a su alrededor. Esta obra será el primer desafío o diálogo del artista con sus visitantes antes de conquistarlos con el resto de la muestra.
Las irregulares y enormes salas del Guggenheim de Bilbao lo animan, como le ocurrió en la Royal Academy y antes en la sala de Turbinas de la Tate Modern. En este último lugar colocó en 2002 Marsyas, tres gigantescas trompetas unidas, hechas con un producto artificial entre lona y tejido elástico haciendo referencia al sátiro de la mitología griega que fue despellejado en vida por Apolo. Aquel rojo (el de Mar-syas) era el de sangre humana. Hoy, la enorme escultura está doblada en piezas y guardada en un almacén del condado de Norfolk, al este de Inglaterra. El escultor Anish Kapoor es un artista que se adapta a todo, igual llena los mayores espacios de exposición del mundo, que hace una herida en un libro de artista, Wound, para la editorial Ivorypress.
Fuente: CONCHA RODRÍGUEZ - LONDRES - 13/03/2010 / Diario "Público".
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La tecnología de un software reinventa el Reina Sofía
Fuente rtve.
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Aquí tenéis el enlace a Gaia 09 una página en la que podéis customizar vuestro ordenador.
01 julio 2009
30 mayo 2009
21 mayo 2009
Entrevista a Miquel Barceló por Ana Tagarro
| Barceló, 52 años, casado con una holandesa, Cécile, y padre de dos hijos adolescentes, posa en su estudio de París junto a uno de los retratos que está pintando. |
Todavía no se ha apagado la polémica sobre su cúpula en la sede de la ONU en Ginebra y Barceló vuelve a la actualidad al representar a españa en la bienal de Venecia. Dedicado en cuerpo y alma a su trabajo y ajeno a las críticas, Nos recibe en París para hablar de «lo que realmente importa».
Una enorme cabeza de rinoceronte preside la recepción del taller de Barceló en París. No es el único trofeo cinegético que decora las paredes, lo que no deja de ser curioso en un activo ecologista. «Yo no cazo nada y no son decoración; son modelos», aclara. El rinoceronte lo compró en un anticuario y debe de tener cien años. Mejor historia tiene el cráneo de hipopótamo: «Lo cazaron mis vecinos en Mali y tuve el honor de que me invitasen a comerlo. Fue horroroso –se ríe–. Sabe como a madera de palmera hervida en lodo putrefacto. Repugnante». Barceló se instaló en Gógoli, una aldea del país Dogón, hace 20 años, después de un largo viaje por África. Desde entonces reparte su tiempo entre su Mallorca natal, Mali y este taller de París. El mar, el desierto, la ciudad. En este edificio del barrio de Le Marais, el taller del artista ocupa distintas estancias un tanto laberínticas: «Aquí pinto retratos; aquí, la obra más grande; aquí, la cerámica…». Barceló abre una trampilla que, bajando unas empinadas escaleras, conduce a un espacio en que trabaja en un oso de tamaño real que formará parte de Paso Doble (unaperformance que él interpreta con el bailarín Josef Nadj). «En esta planta –cuenta divertido– se rodaban antes películas porno.» El taller es grande y en cada esquina hay una especie de ‘altares’ con figuras pequeñas, como juguetes infantiles, que le sirven de modelos, restos de animales, bocetos, libros, pinturas, cubos, brochas, CD, miles de pequeños objetos... y todo, impoluto. Llama la atención la limpieza, el orden. En una estantería, los cuadernos, cientos, de todo tipo, perfectamente clasificados en unas elaboradas cajas. «Todo lo que he hecho, toda mi obra, está en principio aquí, en los cuadernos.» Barceló pinta y escribe continuamente: poemas, datos, anécdotas, reflexiones, dibujos, acuarelas… Algunos cuadernos son apenas trazos; otros, auténticas obras de arte. Unos y otros los ojea Barceló con el entusiasmo de quien los descubre por primera vez, un entusiasmo que ilumina su rostro mitad Bacon, mitad Tintín, haciendo irrelevantes sus 52 años. Así recibe a XLSemanal un soleado y apacible día en París que sólo interrumpe de vez en cuando el croar de una rana: el sonido de su móvil.
XLSemanal. A partir del 7 de junio expondrá su obra en la Bienal de Venecia. Casi 30 años después de hacerlo en la Bienal de Sao Paulo, donde fue ‘descubierto’. ¿Qué es lo que ha cambiado y qué perdura del Barceló de entonces?
Miquel Barceló. A la Bienal de Sao Paulo ni siquiera fui yo, fueron mis obras, unos libros pintados que había hecho en los 70, algo residual, fácil de transportar y que parecían más ‘inteligibles’ que los cuadros en los que trabajaba entonces. Por supuesto hay muchos cambios de una bienal a otra, cambios radicales, incluso, pero, como decía Lampedusa, «para que todo siga igual». La pintura es como pelar una cebolla; cada vez, te acercas más al corazón. Cada artista tiene una forma de trabajar. La mía es ir en muchas direcciones a la vez, con contradicciones aparentes, para ir buscando la esencia, el cogollo del cogollo.
XL. ¿Se atrevería a definir ese cogollo?
M.B. [Silencio] Todos los artistas buscamos de alguna forma la sublimación de nuestro lenguaje, lo que tiene de esencial. Repetimos temas y maneras, pero cada vez con menos artificio. Ahora incluso me da apuro cuando pienso en los primeros 80, disfrazados de punk…Hoy, la violencia sobre un cuadro me parece completamente irrelevante. Sin embargo, en aquel momento estuvo bien hacerlo, ir a la contra, porque todo va adquiriendo sentido con el tiempo. Es como un hilo muy largo. Un artista se tiene que mirar por esa trayectoria. Ahora estoy trabajando en un oso que de alguna forma está relacionado con cuadros que pinté hace años. El oso en la cueva es anterior a cualquier gesto humano. Me gusta mucho la pintura rupestre, es la que más me emociona. Los hombres vimos las uñas, las trazas del oso en la pared, y repetimos su gesto de rascar sobre el moho y el fanguillo de la cueva buscando la calcita. Luego hicimos ese mismo gesto con un pedazo de hueso, la primera incisión; luego añadimos pigmentos… es el comienzo del arte. Ponerme a mí mismo como el oso de la caverna es un gesto primordial, es el pintor prehumano. Es volver a los orígenes. También con la cerámica. La arcilla es lo más parecido a la materia originaria del mundo y me meto dentro. Es una forma de trabajar en algo muy ‘de origen’ con todo el cuerpo.
XL. Su obra implica casi siempre esfuerzo físico, ¿tiene alguna función terapéutica?
M.B. La parte física es liberadora. Me gusta ver qué pasa con el cuerpo en la obra de arte y llevarlo al extremo.
M.B. Fue un desafío, en primer lugar, porque es un encargo institucional. El enunciado «el Gobierno de España y Naciones Unidas...» no me hacía ninguna gracia. En principio, ni siquiera lo contemplé, pero después pensé: «Una cúpula de este tamaño es justo lo que necesito para desarrollar algo en lo que ya estaba trabajando, las estalactitas». Y me acordé de lo que decía Miguel Ángel de que nunca había tenido un encargo a la altura de lo que él podía hacer. No es que yo tuviera esa frustración ni que me crea Miguel Ángel, pero pensé que para poder llegar al último extremo de la pintura al revés, ésta era la ocasión. Y, además, en un lugar ‘extraño’ como es la sede de Naciones Unidas, donde se reúne un representante de cada país, que igual deberían llevar parejas, como Noé [ríe]… Y acepté, pese a que sabía que sería mucho trabajo y, de hecho, fue más de lo que pensé.
XL. ¿Era más un reto técnico que artístico?
M.B. En mi caso la técnica está tan ligada a lo artístico, están tan ligados el fondo y la forma, el cómo y el por qué que no se pueden separar. Lo que no hay que hacer es exhibición de la técnica. En Ginebra, es cierto que todo se complicó, pero lo importante es lo que queda.
XL. ¿Está usted satisfecho con el resultado?
M.B. Sí, lo estoy.
XL. Tras un año de intenso trabajo, ¿qué siente cuando escucha que lo califican como ‘la apoteósis del gotelé’?
M.B. Estoy muy acostumbrado. Me han llamado de todo. No puedo decir que me lo esperaba, pero siendo un encargo oficial era normal que fuese más atacado.
XL. Se dio otra circunstancia: el Gobierno le pagó con dinero destinado a los Fondos de Ayuda al Desarrollo (FAD).
M.B. Eso fue muy desagradable. Si se usó dinero del FAD me parece muy feo, y alguien tenía que haberlo aclarado inmediatamente, pero las explicaciones no las tenía que dar yo.
XL. ¿Hubo alguna crítica que le hiciera especial daño?
M.B. Nunca hay que quejarse de las críticas, ni de las buenas ni de las malas. Y de las malas, además, se puede aprender. Aunque reconozco que hay cosas que me sorprenden… ¡se ha llegado a publicar que la obra se caía a trozos! Y no se cae, no se ha caído nada. Es mentira.
XL. Quizá las críticas estén relacionadas con la ‘politización del arte’ o más bien de los artistas que últimamente expresan mucho sus opiniones políticas.
M.B. En ciertos momentos es importante opinar. Yo hablo cuando me parece que merece la pena hacerlo. No entiendo este tabú de que los artistas no puedan dar su opinión política.
XL. Digamos que tiene que ver con el hecho de que por su opción política se benefician de una serie de subvenciones o adjudicaciones del Gobierno, como –podría pensarse– que le encargasen la sede de Ginebra o que ahora represente a España en la Bienal de Venecia.
M.B. La verdad, no me parece tan extravagante que yo represente a España. ¿No soy un artista desconocido, no? Se me escapa un poco esto…
XL. ¿Cree que su expreso apoyo al Gobierno de Zapatero es independiente de su presencia en la bienal?
M.B. Estoy seguro, segurísimo. Yo participé en muchas exposiciones por el mundo con el PP. Con la Sociedad Estatal para la Acción Cultural Exterior (Seacex), mi obra viajó a Brasil, México, Alemania… y gobernaba Aznar. Y si miras mi currículum, seguro que habré hecho cosas con gobiernos de todos los colores. Yo he apoyado siempre a grupos ecologistas y de izquierda en general. Nunca me he escondido para dar mi opinión, pero tampoco es que mi opinión sea muy relevante. No es el momento de profundizar en esto, pero… tener que callarme, ¡de ninguna manera!
XL. Volvamos al arte. ¿Qué tal se lleva con las nuevas tecnologías? ¿Usa usted el ordenador para pintar?
M.B. Lo he usado, pero no me siento cómodo. Supongo que será falta de práctica, pero es que tampoco me aporta nada. Uso el ordenador para buscar información y para ver al Barça [con el 2-6 en el Bernabéu reciente, sonríe sin cortarse y confiesa que tiene entradas para ver en Roma la final de la Champions]. Pero para pintar, no. Y yo, para mi pintura, uso lo que haga falta; si me hicieran falta gotas de sangre de virgen, las encontraría; si me hiciera falta lo digital, lo usaría, pero no lo necesito.
XL. ¿Pero le interesa el arte digital?
M.B. Me interesa mucho, pero como forma de pintura.
XL. ¿...?
M.B. Lo que me interesa es la relación con lo real. En el mundo digital no tienes garantía de realidad de nada. Hace 20 años ante una fotografía no ponías en duda que fuese algo que existiese. Ahora ya no es así. Hoy, la fotografía es una técnica pictórica más. La fotografía es pintura. Ocurre lo mismo con las noticias digitales. Una noticia en Internet puede ser verdad o no. En cambio, no ponías en duda que una noticia impresa fuera real. El descrédito de lo real es muy interesante. El mundo analógico daba más certezas. Ahora vivimos en la incertidumbre y no hay que buscar certezas en las representaciones, sino en otras cosas.
M.B. La religión ya no está ahí para ayudar. Quedan el arte y la poesía. Las cosas elementales y esenciales en un mundo huérfano de certezas.
XL.¿Qué es hoy una obra de arte?
M.B. Yo creo que una obra de arte es una manifestación humana que consigue o tiene el poder de trascender. Es un objeto de conocimiento. Lo que ha sido siempre.
XL. ¿Y no cree, a juzgar por el mercado, que una obra de arte es más bien lo que deciden los críticos y galeristas?
M.B. No. Yo espero que esta crisis, en lo que concierne al arte, sirva para quitar paja, esos excesos pornográficos. No soy un experto en el mercado del arte ni en ningún mercado, pero te das cuenta de que lo que hay son formas de que mucha gente gane dinero sin hacer nada, como intermediarios. En cualquier caso, el mercado del arte es muy residual comparado con el inmobiliario o el farmacéutico.
XL. Pero admitamos que está tan inflacionado como el inmobiliario.
M.B. Había llegado a un punto insostenible. Creo que hay que repensar todo, los museos, las galerías… Es un buen momento para hacer limpieza.
XL. Usted no es muy proclive a hablar de su vida privada…
M.B. Es porque los pintores tenemos una vida muy aburrida. La vida en el taller es muy poco excitante para el público.
XL. Hablemos de antes del taller: su infancia. Usted no cree que sea ‘el paraíso perdido’, pero asegura que uno es como fue de niño.
M.B. Sin duda. Es determinante. La infancia es un intento de los adultos por colonizar a los niños, y yo era un súbdito difícilmente colonizable. Yo me resistí mucho a ser colonizado.
XL. ¿Porque quería seguir siendo niño?
M.B. Por muchas razones. Digamos que tuve una infancia muy activa. Estuve bien alimentando y eso, pero fui un niño muy problemático.
XL. Su madre era pintora...
M.B. Mi madre pintaba. No era pintora. Pero había pinturas en casa y libros de pintura.
XL. ¿En qué momento decidió que quería ser pintor?
M.B. No sé. La decisión de no hacer otra cosa que pintar la tomé con 12 o 13 años. Hacer un trabajo de modus vivendi, de oficina y hacer de soldado era algo para lo que me sentía totalmente incapacitado. Cuando tenía como 18 años, en Palma, harto de no tener un duro, fui a un sitio en el que daban trabajo de carga y descarga a todo el mundo, pero me vieron con el pelo largo y me echaron. Es el único día que recuerdo haber buscado lo que la gente llama ‘trabajo’. Después hice cosas de serigrafía y carteles para Joan Miró y limpié cubertería de plata, 50.000 cucharas y tenedores… pero no voy a contar mi vida, que es como de Lazarillo de Tormes.
XL. Hombre, seguro que resulta interesante.
M.B. No, no es contable [sonrisa claramente disuasoria]. Cuando eres joven, puedes vivir con muy poco. Yo tenía muy claro que un trabajo me quitaría tiempo y mi tiempo era todo para la pintura. Siempre ha sido así.
XL. Aunque ahora lo comparte con la cerámica, la escultura, el teatro, la escritura… es usted un artista multidisciplinar.
M.B. Es para que no se convierta en algo mecánico. Odio eso de tener una fábrica de cuadros. Cuando veo esos talleres de artistas con 20 ayudantes... no quiero ser así. Quiero que cada cuadro sea como un pequeño milagro. Es como tener un huerto con un montón de cosas: tomates, lechugas… y luego cosas experimentales: plantas carnívoras, que no sabes si prosperarán. El fracaso forma parte de la experimentación. Mi pintura está hecha de borrar, de pintar encima. En mi ‘huerto’ hay muchas cosas inacabadas, raras: un cruce de rosa y lagarto...
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Sin palabras
28 noviembre 2008
15 julio 2008
14 julio 2008
10 julio 2008
Crea tu propio Graffiti
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29 mayo 2008
27 mayo 2008
Patrick Conaty

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