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02 mayo 2010

Alicia en el Páis de las Maravillas por Atomic Antelope


Atómica Antelope es un estudio de diseño de software. Ellos han diseñado esta estupenda aplicación.

07 enero 2010

Paolo Lim

Aquí os dejo esto del ilustrador Paolo Lim para que lo disfrutéis.

14 noviembre 2009

La tecnología de un software reinventa el Reina Sofía

El Museo Reina Sofía de Madrid quiere ser un espacio cultural para todos los formatos artísticos. Y si no vean la propuesta que se ha inaugurado este viernes.
Fuente rtve.

Greguerias ilustradas por el fotógrafo Chema Madoz

Nunca es tarde, si la sopa es buena. Vivir es amanecer. Los globos de los niños van por la calle muertos de miedo... Con esa filosofía y esa ironía Ramón Gómez de la Serna nos dejó cientos de sus Greguerías. Pero resulta que no las conocíamos todas. Ahora se han descubierto cuatrocientas más, que podemos leer en un libro ilustrado por el fotógrafo de las metáforas, Chema Madoz.
Fuente rtve.

21 septiembre 2009

Un mundo de papel

SCRIBE MUNDO DE PAPEL from ladies on Vimeo.

El anuncio promociona la marca de libretas Scribe, y en él podemos ver cómo es un día cualquiera del protagonista, donde su casa, su cama, su cafetera, su ropa… su mundo entero está hecho de papel.

Para su realización, los muchachos de CRU DE LADIES usaron Nuke, After effects, 3dmax, Photoshop MacOS y windows. Tardaron solo dos semanas en tenerlo listo, y el resultado es asombroso.

Si quieres saber más de estos creativos, visita su web personal www.crudeladies.com.

Fuente movistar.

20 junio 2009

David Löhr

Visitad esta página diseñada por David Löhr, es genial.

04 junio 2009

Gerhard Richter, entre la pintura y la fotografía

Gerhard Richter (Dresde, 1932) lleva décadas fusionando la pintura con la fotografía y desafiando el debate tradicional que se entabla entre los dos medios: lo real frente a lo abstracto; lo objetivo frente a lo subjetivo. La Fundación Telefónica, en el marco de PhotoEspaña, plantea este reto en la muestra Fotografías pintadas, una serie de más de 400 imágenes, la mayor parte de ellas inéditas, ya que forman parte de colecciones privadas y raramente han salido de ellas.

Se trata de fotografías del álbum familiar del artista, imágenes de su familia, de su estudio, de su mujer amamantando a uno de sus hijos... Sobre ellas aplica capas de pintura hasta crear otra obra nueva, distinta, que no es fotografía y tampoco una pintura abstracta. "En las fotos hay dos realidades: la de la pintura y la de la fotografía", explica el comisario de la exposición, Marcus Heinzelman. "Cada uno verá una interpretación distinta de lo que ve en las obras. A Richter le preguntaron una vez y él respondió que sus obras eran más inteligentes que él", añade. De hecho, él buscaba el elemento "sorpresa", y si no lo encontraba, desechaba el intento. "Por eso cerca del 50% de su producción fue desechada", señala el comisario.

La mayor parte de las obras expuestas son de pequeño formato. La técnica es sencilla. Con la ayuda de una espátula, a veces Richter arrastra la fotografía por la pintura aún húmeda; otras veces coloca la foto al borde de la espátula y extiende la pintura sobre ésta, o salpica gotas de pintura. Heinzelman explica que el artista realizó estas piezas con el óleo que le sobraba de sus grandes lienzos.

Cada pieza adquiere un nuevo significado que será distinto para cada espectador. "La dinámica entre foto y pintura se torna una dinámica de revelación y ocultación, de visión y ceguera, de juego de una dimensión contra la otra, de creación de ambigüedades entre ellas. ¿Dónde termina la pintura y empiezan esas hojas y ramas? Los colores de los cielos, las hierbas, los edificios, la ropa fotografiados se mezclan o contrastan con la pintura, que abre, cierra o envuelve mi visión cuadno contemplo la imagen que ha recibido una nueva y asombrosa profundidad gracias a las pinceladas interventoras", escribe la novelista y ensayista Siri Hustvedt -casada con Paul Auster- en el catálogo editado con motivo de esta exposición.

Fuente:"El País" por ISABEL LAFONT

19 agosto 2008

El Aula 28, una obra de arte


En el IES “Biello Aragón” de Sabiñánigo (Huesca) un grupo de profesores y alumnos cubrieron
los muros de un aula con pinturas medievales.
Por Severino Pallaruelo

Tras cuatro años de trabajo el espacio quedó transformado: del habitual entorno blanco de las clases se pasó a un envoltorio lleno de colores y de formas que sorprende por la calidez y ofrece un interesante material didáctico para los temas de historia y de arte.

Un aula con altos techos blancos
El “Biello Aragón“ ocupa unos edificios construidos hace 25 años en torno a un patio central porticado. En el piso superior hay varias aulas con altos techos abuhardillados, que reciben luz natural por ventanales orientados a levante y a poniente. Fueron estas condiciones las que inspiraron a los profesores la idea de las pinturas.

El proyecto
Una vez tomada la decisión de cubrir el interior de un aula con pinturas, costó poco decidir qué se iba a pintar. Si se quería que la participación fuera amplia, y contando con que ni el alumnado ni el profesorado tenían experiencia alguna en este terreno, no podían elegirse obras de gran complejidad técnica. Las pinturas medievales, donde la perspectiva y el estudio de la luz no cuentan y las figuras se trazan con líneas sencillas y bien perfiladas, ofrecían un modelo adecuado.
Primero se trazó un programa iconográfico coherente y después se buscaron las figuras que se adaptaban al mismo. En el techo se representaría el mundo religioso ordenado según la jerarquía que aparece en los templos medievales. En el zócalo iría el mundo de los muertos. Entre ambos, cubriendo los muros, se situaría el mundo de los vivos, los estamentos de la sociedad medieval, los trabajos de cada mes, la caza, el pastoreo…
Mediante la consulta de publicaciones acerca de las pinturas murales románicas y de los códices miniados se fue conformando un banco de representaciones donde no sólo aparecían escenas o figuras sueltas sino un gran número de orlas que permitirían completar y enmarcar las secuencias elegidas.
Sobre los dibujos a escala de los muros y del techo se iba colocando el programa diseñado hasta comprobar que se ajustaba a los espacios que debía cubrir. A la vez íbamos resolviendo los temas prácticos: qué tipo de pintura usaríamos, cómo conseguiríamos los andamios, de qué modo simplificaríamos mediante el uso de plantillas el trazado de las orlas geométricas, qué haríamos con la instalación eléctrica, etc. etc. Quince días después ya teníamos los andamios colocados y comenzaban a aparecer en los muros las figuras de los frailes, de los guerreros y de las campesinas medievales. Lo que no esperábamos era pasar cuatro años con la clase invadida por los andamios y con los pupitres repartidos entre los amarillos tubos metálicos que sostenían las plataformas desde las que pintábamos por la tarde.

Un proceso largo y laborioso
Quizá si hubiéramos sabido que iba a ser tan largo no habríamos empezado. Fuimos optimistas. Dijimos: esto en Navidad está acabado. Trabajábamos dos tardes cada semana, fuera del horario escolar, desde las cuatro hasta las ocho, a veces hasta las nueve. Solíamos acudir tres o cuatro profesores y algunos alumnos, unos días dos, otros tres o cuatro, a veces media docena. En los días inmediatamente anteriores a las vacaciones, esas jornadas tan difíciles de organizar porque ya se ha hecho la evaluación y aún no ha comenzado el nuevo trimestre, reunimos a veinte alumnos y alumnas en los andamios durante seis horas cada día. Se avanzó mucho, pero fue insuficiente: las vacaciones llegaron y no habíamos cubierto ni una octava parte de la superficie. No importa, dijimos, para el verano estará acabado todo. Pero al llegar junio sólo habíamos pintado una cuarta parte del total. Estaba ya la majestuosa figura del Cristo de Taull y los doce apóstoles, estaban los guerreros y las campesinas, los cazadores, los pastores, Adán y Eva, San Miguel pesando las almas y algunos diablos. Pero todavía faltaba mucho.
El cuarto año hubo un momento de peligro. La obra parecía eterna y comenzábamos a estar hartos de colores y de figuras con rostro hierático. No teníamos ganas de seguir pintando caras con enormes ojos inexpresivos y manos acartonadas. Pero estábamos decididos a acabar la obra iniciada. Cambiamos de tema. En lugar de los oficios artesanales y de la vida en las ciudades medievales, que figuraban en el programa planteado para el cuarto muro, decidimos pintar dos trampantojos de arquitectura: una portada románica y un claustro. Todo en colores suaves, en una gama de ocres y de grises que permitiera descansar la vista y creara una sensación de continuidad espacial, de profundidad. La idea resultó oportuna: infundió nuevos ánimos a los pintores y permitió acabar el proyecto.

La iluminación
La instalación eléctrica original del aula había sido arrancada porque las conducciones estorbaban para realizar las pinturas. Era necesario colocar nuevas luces que cumplieran la doble función de servir a los usuarios habituales del aula y de alumbrar las pinturas. La tarea no resultaba fácil: los haces de luz que servían para una cosa estorbaban para la otra. Del proyecto y de la instalación se encargaron los alumnos de la rama profesional de electricidad que se imparte en el mismo instituto, dirigidos por el profesorado de la especialidad. Finalmente el alumbrado estuvo listo y el proyecto se dio por concluido. Los focos supusieron el mayor gasto. Lo demás no había costado apenas nada. Cien euros para pintura. Eso fue todo.

Multidisciplinar y transversal
El impulso inicial de proyecto fue sólo eso: un impulso. Teníamos ganas de hacer algo, nos seducía la idea de transformar el espacio, queríamos notar la sensación de vernos envueltos en colores y en formas aprovechando la amplitud del espacio y la calidad de la luz. Nada más. No hicimos cálculos acerca de cuánto tiempo podía costar cubrir con figuras casi doscientos metros cuadrados de muro, no se realizó una programación exhaustiva donde se descompusieran explícitamente los objetivos, ni se redactó un cronograma realista. Sabíamos que realizaríamos tareas muy diversas, que aprenderíamos –todos, el alumnado y el profesorado– muchas cosas y que invertiríamos mucho tiempo. Nada más.
Hay cosa que son fáciles de programar y de evaluar: cómo se emplearán las imágenes para trabajar el estudio de la mentalidad y de la sociedad medievales, qué uso se hará de las mismas para explicar el arte románico o cómo contribuirán al conocimiento de la historia de las religiones. Todo eso se pensó al programar la actividad y sigue teniendo vigencia. Pero la obra tuvo otros valores con incidencia particular en quienes participaron en la realización, en aquellos profesores y alumnos que pasaron muchas horas en los andamios pintando, debatiendo acerca de los problemas que se iban presentando, fabricando colores, elaborando plantillas de cartón, dibujando siluetas a lápiz, manejando taladros, amasando yeso, moviendo y montando andamios, planificando las tareas, modificando las previsiones. Fue un aprendizaje no previsto, algo muy instructivo no planificado: la suma de competencias que exige la culminación de un proyecto amplio y complejo. Y la audacia. A veces va bien ser audaces en los proyectos, implicar a mucha gente, imaginar tareas grandes. Las cosas que parecen sólo juegos no acaban de atrapar a algunos alumnos y a muchos profesores. Los más entusiastas quieren hacer cosas de verdad. Hasta cuando juegan.
Las pinturas quedaron concluidas. El aula se ha empleado con normalidad para dar clases de geografía y de historia. A veces han venido grupos escolares de otras ciudades a verla. A quienes pintamos nos gusta mirar la cara que ponen los que llegan a contemplarla por primera vez: muestran en los ojos cierto asombro y un poco de incredulidad. Les parece raro que en la obra participaran alumnos y alumnas como ellos. También en eso hay una lección que aprender: con entusiasmo, constancia, laboriosidad y trabajo en equipo pueden hacerse más cosas de las que uno se imagina.

Información extraída íntegramente de la REVISTA PROFESIONAL. Nº 515, Mayo 2008, del sindicato ANPE.

Michael Kenna

La belleza de la sencillez.

11 agosto 2008

Cómo pintar sin miedo

A veces el miedo come a los artistas, les devora, les paraliza y les deja sin fuerzas. A veces el miedo no les deja pintar con total libertad. A veces pintar no es fácil. Miedo, miedo, miedo.

La sensación reverbera en las almas de los ocho pintores que Juan Genovés (Valencia, 1930) ha escogido para el taller que imparte en los cursos de verano de la Universidad Complutense en San Lorenzo de El Escorial (Madrid). Ocho de entre sesenta solicitudes.

Otra vez el ritual de espantar a los demonios que atenazan a los creadores, el santo oficio de ayudarles a liberar su angustia.

"Durante demasiado tiempo se han alimentado los mitos. Se ha divinizado la soledad del artista, se ha fomentado la rivalidad con sus colegas. Y siempre hubo talleres. Los pintores no pueden mirar su ombligo, necesitan relacionarse con otros. Solo no sabes traspasar los límites, los miedos", explica el artista.

¿Miedo a qué? Genovés esboza una sonrisa franca; los ojos se tornan espejos, miran hacia su dilatada trayectoria. Hacia tantas y tantas obras, tantos y tantos premios. El peso incluso de su mítico lienzo Amnistía, símbolo de la Transición: "A veces uno no sabe qué es el miedo. Temes enfrentarte a la tela en blanco, fracasar, no gustar... Y no arriesgas. Yo les digo que hagan barbaridades, que intenten lo imposible. Estoy aquí para hacerles valientes. Deben buscarse a sí mismos, procurar la autenticidad más que perseguir la originalidad".

La válvula de escape

Genovés sugiere, incentiva. Camina entre las obras, paladeando cada paso con sus masais castaños en los pies. Las escanea con la mirada. "Te falta la sorpresa", le susurra a uno de sus alumnos, le pide riesgo.

Que no repita y experimente. Puede expandirse en el taller, forrado de plástico, salpicado de gotas de pintura. Los soportes (papel o lienzo) se comen el pavimento. "La gran conquista fue poder pintar en el suelo. Lo hacía Fra Angelico en el siglo XV y después Pollock y Picasso. Pintar es oficiar. Poner en vertical tu obra cuando la has concluido es sellar ese ritual. Deja de ser tuya. Es de los demás, de los espectadores, los dueños reales del cuadro", ilustra.

Trinidad Trull, a escasos metros, acaricia un pequeño fragmento de papel embadurnado de pigmento. Es una pieza de su collage, de ese puzle que, completado, dará vida a la cara de una niña. "Soy anestesista pediátrica en el Vall d'Hebron y hace 12 años descubrí la pintura. No he podido parar. Me sirve como válvula de escape para arrojar el estrés, el vacío y la pena que a veces se te queda dentro".

Trinidad quiere expresar los sentimientos del ser humano", llegar al fondo, y por eso aprecia la "lección de creatividad" de Genovés: "Nos enseña a arrinconar la cobardía, a usar nuevos recursos, técnicas que no están en los libros". Hay que sacar petróleo de uno mismo. Y la atmósfera lo da. El contacto con los compañeros. A veces también otro arte, la música: "Me he puesto Antony and the Johnsons y me he dejado llevar. Quería bailar con el pincel, sin pensar".

Estefanía Urrutia dice haberse redescubierto. De sentirse pintora realista a probar con nuevos trazos, nuevas manchas. "Te sorprendes de lo que eres capaz. Estos días he sacado la influencia de Matisse. Estaba ahí, dormida. ¡Esto está siendo una experiencia terapéutica!", dice.

Su voz de azúcar conduce al sentido del arte: "Hago pintura realista desde la honestidad. La propia realidad es algo fascinante a la que no quiero renunciar".

Cómo, y no qué

Más allá, Marta González Alique rechaza volver hoy a los cromos, la pintura figurativa, la que dibuja fielmente el mundo: "Busco vida, que la gente vibre, se emocione". Eduardo López, el único chico en el taller, persigue en cambio "el compromiso político", como el que Genovés ha pulsado en su carrera: "No podemos ser neutrales como artistas. Apoyas un bando u otro, el de los explotados o el de los explotadores. Hay muchos diamantes en bruto y muchos brutos con diamantes", concluye. López camina y se detiene ante su obra. Al momento, sobreviene la pregunta: ¿qué es?

La plástica no se puede explicar con palabras. La pintura no es literatura. Es otro lenguaje, el de la mirada, y ese hace falta educarlo", Genovés hilvana sentencias como puños. Lúcido, sereno, con la carga del inmenso bagaje de sus 78 insólitos años: "No importa qué expresas, sino cómo lo haces". Esto, la pintura, "es la vanguardia", musita. "No la retaguardia", precisa. Sigue viva. Se puede tocar. Y, sobre todo, mirar.

Información extraída íntegramente del diario "Público", artículo de JUANMA ROMERO - San Lorenzo de El Escorial - 07/08/20008.

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